En los monasterios benedictinos, la regla de San Benito prohibía hablar durante largas jornadas. Era necesario comunicarse mediante señas. Nació así un lenguaje de señas monástico con más de 120 gestos:
En el Antiguo Egipto, la postura era un marcador de estatus absoluto. Los frescos de las tumbas del Valle de los Reyes muestran algo revelador: los faraones aparecen siempre con el cuerpo erguido, la barbilla en alto y los brazos pegados al costado o cruzados sobre el pecho (señal de realeza protectora). Los sirvientes, en cambio, se inclinan, agachan la mirada y cubren su boca con la mano. Esta última postura –que hoy asociamos con sorpresa o vergüenza– era en Egipto una señal de que la persona común no podía ni siquiera "exhalar" en presencia del dios viviente.